domingo, 25 de julio de 2010

Capitulo 7

Martín se levantó y llevó a Olimpia a la proa del barco, donde mejor se veía todo. Se sentaron apoyados en la luna de la cabina y se abrazaron, aquella noche fue mágica, fue de ellos, fue la más romántica que habían pasado jamás.


A la mañana siguiente despertó Martín primero tal y como se durmieron, abrazados, estaba amaneciendo, el cielo tenía una bonita mezcla de colores, azul, naranja, amarillo, la mezcla de colores perfecta para empezar el día.


Martín: Oli cariño, despierta, mira el cielo...


Olimpia se despejó un poco y abrió los ojos.


Olimpia: Buenos días.

Martín: Buenos días mi amor. (Le dio un beso en la mejilla)

Olimpia: Qué bonito es el amanecer, me encanta.

Martín: Es precioso...


Olimpia recostó su cabeza en el hombro de Martín con una sonrisa en la cara.


Martín: Creo que deberíamos entrar a ver si desayunamos.

Olimpia: Sí, pero ahora nos lo hacemos nosotros, que sino Raúl nos mata si le despertamos ahora.

Martín: Sí, mejor lo hacemos nosotros.


Ambos se levantaron y bajaron a la cocina a prepararse el desayuno e incluso le prepararon el desayuno a Raúl por lo bien que les había tratado, y mientras que ellos desayunaban el chico se despertó.


Martín: Buenos días.

Raúl: (Con voz adormilada) Buenos días... ¿Qué habéis hecho?

Olimpia: Te hemos preparado el desayuno, te estás portando muy bien con nosotros.

Raúl: Gracias, pero no teníais por qué...

Martín: Lo hecho, hecho está, así que siéntate y disfruta.


Raúl se sentó y disfrutó del apetitoso desayuno con la pareja, seguidamente pusieron rumbo a Menorca para comer allí y salir hacia el aeropuerto ya que a las ocho y media de la tarde cogían el avión de retorno a Madrid.


Ese día entre llegar a puerto, despedirse de Raúl, comer y llegar al aeropuerto pasó rapidísimo, y estaban tan cansados que nada más embarcar ambos cayeron rendidos ante el sueño. Se despertaron cuando una azafata les avisó que estaban a punto de llegar, medio groguis bajaron del avión y recogieron las maletas. Salieron hacia la puerta y se encontraron una gran sorpresa, Félix les esperaba con el pequeño Darío. A Olimpia le salió una sonrisa de oreja a oreja igual que a Martín y fueron corriendo hasta ellos.


Olimpia: Félix no tenías porqué...

Félix: Lo sé, pero sabía que te gustaría.

Olimpia: Gracias.

Félix: Y encima se ha pasado el fin de semana diciendo “Mama” así que no tenía otro remedio.

Olimpia: (Dirigiéndose al pequeño que estaba en el carro) Mi amor, ¿has estado llamando a mami todo el día?


El niño sonrió y abrió los brazos para que su madre lo cogiera. Olimpia no le negó el gesto y lo abrazó mientras lo cogía.


Olimpia: Bueno, ahora ya estás con mami, ¿quieres ir para casa?


El niño asintió con la cabeza y se pusieron en camino hacia el párking.


Félix: Tengo las cosas del enano en el coche, os las doy y me voy.

Martín: Perfecto. Pues te acompañamos y ya vamos para el nuestro.


Siguieron a Félix hasta la plaza de párking y cogieron la mochila de Darío, se despidieron de él y se fueron hacia el coche de Olimpia. De allí pusieron camino a la ciudad, donde ya era su última semana de trabajo.


Martín se pasó un par de días en casa de Olimpia, le encantaba estar con ella y no quería separarse nunca. Pero no quería ser mucha molestia para ella así que hacia mitad de semana él durmió en su casa. Se echaron tanto de menos que apenas durmieron. Olimpia hablaría con él esa misma mañana.


Se vistió contenta, después de la noche sin él le vería, se recordó a sí misma que parecía una adolescente con las hormonas revolucionadas cuando pensaba en él, pero ese es el amor que ella sentía, un amor adolescente, un amor que pensaba que podía ser eterno, como un sueño hecho realidad.


Llegó al colegio con la sonrisa en la cara después de llevarle a Darío a su madre, y se encontró a Martín en su despacho, mirando unos papeles, como casi siempre.


Olimpia: (Abriendo la puerta) Buenos días.

Martín: (Levantando la vista de los papeles) Buenos días preciosa.


Él se levantó de la silla y la besó.


Olimpia: Martín, esta noche ha sido tan... larga...

Martín: La mía también. (La abrazó por la cintura y la besó en la mejilla)

Olimpia: He pensado que quizá te gustaría mudarte a mi casa, conmigo y con Darío, espacio para uno más tenemos.

Martín: Olimpia yo... Te lo quería comentar nada más llegar de las Baleares, pero me has mantenido la cabeza tan ocupada que se me olvidó...

Olimpia: Pues nada cariño, esta tarde recoges tus cosas y te vienes.

Martín: Vale, perfecto.


La besó tiernamente en los labios y la abrazó más fuerte.


Olimpia: A Darío le va a encantar.

Martín: (Se rió) Seguro que sí.


Martín acabó sus tareas y se fue a su casa a empaquetar y tirar todo lo que tuviera por casa. Sobre las cuatro Olimpia terminó las clases y fue a casa de él a ver como lo llevaba. Martín tenía más cosas de las que ella pensaba, pero rápidamente recogieron la ropa, las sábanas, que también le servirían a Olimpia y algunas toallas. Cogieron las cajas con los libros, y material de Martín, carpetas del colegio y trabajo y lo metieron en el coche, después las maletas y por último un par de cuadros que le gustaron a Olimpia para su salón. Pasaron a buscar a Darío a casa de la madre de Olimpia y fueron a casa para desempaquetarlo todo.


Primero cenaron ya que Darío tenía hambre, Olimpia le preparó el potito mientras Martín preparaba pan tostado con tomate y aceite para tomarlo con embutido. En cuanto ella le acabó de dar la cena al pequeño lo llevó a la cama y Martín puso la mesa para ambos. En cuando ella apareció en el salón él lo tenía todo preparado y una botella de cava en las manos.


Olimpia: Martín, ¿cava?

Martín: (Lo abrió y lo vertió en dos copas) Para celebrar nuestra primera noche viviendo juntos.


Olimpia se sentó en el sofá a su lado y cogió una de las copas. Brindaron por la vida juntos, por la vida en familia, porque siempre serían felices, cenaron hasta llenarse y por último sirvieron un buen postre.


Se despertaron a la mañana siguiente con el llanto de Darío estaban abrazados en la cama, no querían levantarse.


Martín: Ya voy yo.


Se incorporó y se levantó, pero Olimpia le tiró del brazo con tanta fuerza que volvió a sentarse en la cama, ella le abrazó y le besó la mejilla.


Olimpia: Déjalo que llore un poquito. Quédate...

Martín: Sabes que si no nos levantamos ya llegaremos tarde.

Olimpia: (En voz baja) Aguafiestas...

Martín: (Le dio un beso en la mejilla) Lo se, pero si no los demás se preocuparán.

Olimpia: Vale, me voy a la ducha, ya sabes como darle el potito al pequeñín.

Martín: De acuerdo jefa.


Olimpia se rió y se besaron, seguidamente cada uno fue a sus labores. Martín entró el la habitación de Darío, y él lo esperaba en la cuna de pie agarrado a los barrotes.


Martín: ¿Qué pasa pequeñín? ¿Tienes hambre?


Darío asintió y Martín lo cogió y lo sentó en su trona. Le dio el desayuno y cuando Olimpia estuvo preparada él se fue a preparar mientras ella acababa con Darío y hacia el desayuno para ellos. Aquel día fue rápido, apenas se vieron en el colegio, ya que en casa se veían cada día, eso les gustaba, tener tiempo para ellos fuera de clase.


Los días fueron pasando, el curso acabó y ahora les esperaba una larga semana...

miércoles, 7 de julio de 2010

Capitulo 6

Olimpia: Voy al baño, en diez segundos ven conmigo.


Martín sonrió y afirmó con la cabeza. A los diez segundos se levantó y se dirigió a allí. Olimpia le esperaba sentada en la tapa del váter. Martín entró y cerró y ella se puso de pié, estaban apretados, pero estaban a gusto. Empezaron a besarse, poco a poco.


Martín: ¿Tú crees que esto es normal?

Olimpia: Más de lo que te piensas.


Siguieron besándose, entonces Olimpia bajó su mano hasta la entrepierna de Martín y empezó a tocale externamente, eso le ponía los pelos de punta. Él, ya que Olimpia quería jugar, empezó a mordisquearle el cuello, eso la volvía loca. Los besos que se daban cada vez tenían más pasión. Poco a poco fueron despojándose de la parte de abajo Olimpia intentó ponerse donde estaba Martín y él al revés, era un espacio muy reducido pero podían hacer lo que quisieran. Él se sentó donde estaba Olimpia anteriormente y ésta se arrodilló y le hizo disfrutar con lo que su lengua podía llegar a hacer. En ese momento picaron a la puerta.


Martín: ¡Ocupado! Ai... Oli...

Persona: ¿Qué está pasando?

Martín: (Con voz seria) Nada... Me ha sentado mal una comida...

Persona: Disculpe señor. (Se sintieron pasos)


En ese momento Olimpia dejó de jugar, miró le miró a la cara y se puso a reír, no pudo aguantarse, aquella situación era tan extrañá.


Martín: (Sonriendo) ¿No vas a seguir?

Olimpia: ¿Quieres que siga?

Martín: Claro.

Olimpia: ¡Pero si esto te parecía una locura!

Martín: Antes...

Olimpia: ¿Y ahora?

Martín: ¡Ahora más aún!


Olimpia se apartó, pero él la cogió por la cara y la besó.


Martín: Pero me encantan las locuras.


Olimpia se puso de pié y se abrió de piernas en ese momento Martín utilizó sus dedos para jugar con su parte más íntima y darle todo el placer que ella se merecía. Olimpia estaba contra la puerta del baño y cada vez que Martín rozaba su clítoris se restregaba contra la puerta removiéndose de placer. Él no quiso que acabara para dejarla con ganas de más, así que Olimpia se sentó encima suyo de espaldas a él y poco a poco la fue penetrando. Empezaron con suaves embestidas, la que más se movía era ella, por estar encima, y poco a poco fueron subiendo el ritmo, Martín aprovechó y le acarició los pechos con suavidad mientras le mordía la nuca, la nuca era donde más de gustaban los besos a Olimpia, la volvía loca con cada uno de los besos que le daba y ella se moría de placer. El primero en llegar fue Martín, pero aun así siguió para darle el placer de acabar ya que antes la había dejado con las ganas. Olimpia tardó un poco más, pero aun así valió la pena. Se removió en el cuerpo de Martín como nunca lo había hecho, se calló todos los gemidos que le salían, ya que los podían escuchar. Bajaron del todo el ritmo y Olimpia dejó caer su peso sobre Martín.


Martín: Me encanta quedarme dentro tuyo sin hacer nada, en este momento somos uno sólo.

Olimpia: Te quiero Martín.

Martín: Y yo a ti Oli.


La volvió a besar en el cuello y ella se levantó y se puso los pantalones, él hizo lo mismo. Primero salió ella, y seguidamente él. Se sentaron en sus asientos y se miraron a los ojos, acababan de empezar la historia de su vida y les encantaba. Martín no sabía lo que le esperaba, pero Olimpia le había preparado una gran sorpresa. En poco más de una hora llegaron al aeropuerto y cogieron un autobús que les llevaría al pueblo de San Antonio, donde pasarían la primera noche. Pasearon por las calles del lugar y tomaron un bocadillo antes de llegar al hotel, el cual no era gran cosa, un sitio muy mediterráneo, todo pintado de blanco y muebles de estilo rural. A parte de hotel era restaurante y tenia varias mesas fuera que en aquel momento las estaban recogiendo. Entraron, dieron el nombre y les dirigieron a la habitación. Martín no se esperaba aquello, una suite de lujo con salón, habitación doble y baño con jacuzzi.


Olimpia: Es la suite presidencial, ¿te gusta?

Martín: Me encanta, pero... ¿Cómo vas a pagar todo esto?

Olimpia: Tranquilo, tenia unos ahorros.

Martín: Pero esto es demasiado O...


Olimpia le calló con un beso.


Olimpia: Calla y disfruta.


Lo único que pudo hacer él fue sonreír y desnudarla por completo. Y él lo hizo mientras Olimpia llenaba el jacuzzi. El resto de la noche transcurrió con mucha agua, gemidos, carreras por la habitación y sexo, sobretodo sexo.


La mañana siguiente amaneció soleada, a las diez el servicio de habitaciones les llevó el desayuno a la cama, un desayuno completo, con café, zumo de naranja, tostadas con mantequilla y besos, muchos besos.


En cuanto acabaron se ducharon y pusieron camino al puerto, donde a Martín le esperaba na gran sorpresa.


Olimpia: Bueno, hoy no te voy a vendar los ojos, pero...¿Ves ese barco de allí? (Señalando un pequeño yate de la otra punta del muelle)

Martín: Sí...

Olimpia: Es nuestro hasta mañana por la tarde.

Martín: Pero no entiendo cómo lo vas a pagar...

Olimpia: Tú tranquilo, está todo arreglado. ¡Raúl! (Gritó a un chico que había al lado del yate) ¡Ven aquí!


Raúl vino corriendo.


Raúl: Hola Oli.

Olimpia: Martín este es Raúl, el chico que llevará el barco.

Martín: Encantado.

Raúl: Igualmente. Cuando queráis podéis subir.

Olimpia: Gracias, ahora vamos.


Raúl se fue y Martín la abrazó.


Martín: Eres increíble, te adoro, te amo, me encanta todo lo que estás haciendo para que esta “invitación a cenar” sea perfecta.

Olimpia: De nada mi amor, ya sabes que por ti lo haría todo.


En ese momento la mirada de Martín se perdió en la nada y visualizó una escena.


Gonzalo: Sandra de la Vega, amor de mi vida y reina de mi corazón, ¿quieres casarte conmigo?

En ese momento alzó la vista y vio a su futura mujer, tenía el cuerpo muy parecido al de Olimpia, pero con la cara un tanto borrosa, no la reconocía.

Sandra: Sí. …¡Martín!


Olimpia: ¡Martín! ¿Estás bien?

Martín: Sí, sí, estoy perfectamente, ¿vamos?

Olimpia: Claro... (Le dio un beso en la mejilla)


Caminaron hacia el yate con cierta preocupación, él no se acordaba de aquella mujer tan parecida a su chica, y con aquél nombre...


La mañana pasó rápida, navegaron alrededor de la isla y comieron en una pequeña cala a la que sólo se podía llegar en barco. Pasaron la tarde tomando el sol, ya que estaban a mediados de junio y hacía mucho calor. Cuando el sol empezó a desaparecer se subieron a bordo y pusieron rumbo a Menorca, aunque no llegaron aquella tarde, cenaron en mitad del mar, con el barco anclado, Raúl les hizo la cena y desapareció, bajando a su camarote y dejándolos solos.


Martín: La cena ha sido perfecta, como tú.

Olimpia: Gracias, tú si que eres perfecto. (Le guiña el ojo y mira al cielo.) ¿Te has dado cuenta de cómo se ven las estrellas y la luna esta noche?

Martín: Sí, ven.


Martín se levantó y llevó a Olimpia a la proa del barco, donde mejor se veía todo. Se sentaron apoyados en la luna de la cabina y se abrazaron, aquella noche fue mágica, fue de ellos, fue la más romántica que habían pasado jamás.